Todos los impulsos que nos esforzamos por estrangular se multiplican en la mente y nos
envenenan. Que el cuerpo peque una vez, y se habrá librado de su pecado, porque la acción es un modo de
purificación. Después no queda
nada, excepto el recuerdo de un
placer o la voluptuosidad de un
remordimiento. La única manera de librarse de la tentación es
ceder ante ella. Si se resiste, el alma
enferma, anhelando lo que ella misma se ha prohibido, deseando lo que sus leyes monstruosas han hecho monstruoso e ilegal.
Se ha dicho que los grandes acontecimientos del mundo suceden en el cerebro. Es también en el cerebro, y sólo en el cerebro, donde se cometen los
grandes pecados.